¡Pues en la estación de la línea 6 de Cuatro Caminos no se está mal! O al menos eso pensaba Ana. Pasaba todos los días de lunes a viernes por esa estación camino a las clases, con su mochila abarrotada de libros de historia, de filosofía, esos libros que la hacían viajar a tiempos de aventuras, de guerras, de los grandes hombres y pensadores. Su mente volaba por ellos y los devoraba como un niño devora el mundo con sus ojos nada más nacer.

Ana siempre vivía ensimismada en su mundo, sin hacer mucho caso a lo que la rodeaba, hasta que un día, al entrar al vagón del metro de la línea 6, sucedió algo. Un joven, de ojos azules como el cielo en un mes de verano y pelo rubio como el sol se le quedó mirando. Ella ensimismada no vio el altavoz que tenía el muchacho a los pies y tropezó con él. Fue a caer, pero el joven la recogió y guiñándole un ojo recogió sus cosas del suelo y se las dio a  Ana. Ella avergonzada se sentó en el asiento sin atreverse a mirar a su alrededor por si alguien la había visto.

El joven recolocó el altavoz que tenía a sus pies, y conectó a él un pequeño violín eléctrico. ¡Era un músico! Ana se quedó mirando el pequeño instrumento, de color rojo fuego y pensó en su chirriante sonido, ese sonido que nunca la había gustado, y volvió a retirar la mirada. Pero entonces, el joven comenzó a tocar, y no fue un chirrido lo que inundó el vagón, sino una dulce melodía que dejó paralizada a Ana. Como el maullido de un gato pequeño, dulce y cariñoso, el sonido del violín llegó a los oídos de Ana y la hizo cerrar los ojos, meciéndose suavemente. Nunca antes había sentido tan conmovida por una música tan dulce. Pero pronto llegó a su estación y tuvo que abandonar su ensimismamiento para bajarse del vagón. Se giró y vio como el violín y su maullido se marchaban y seguían su camino mientras los ojos azules del músico se despedían de ella con un pequeño guiño.

Al día siguiente Ana volvió a sentarse en su mismo banco, en el mismo sitio en el que esperaba todos los días en el andén de la línea 6 de Cuatro Caminos. Una vez más, estaba ensimismada, pensando en sus libros y sus historias. Llegó el tren, y cuando entró, volvió a encontrarse con el joven músico, bajó la cabeza vergonzosa, dijo un pequeño y discreto “hola” y tomó asiento, cerca del joven para poder escucharlo. Y el violín volvió a maullar una vez más, y Ana volvió a cautivarse, a llorar por dentro. Pero una vez más tuvo que bajarse y dejar atrás lo que tanto la hacía disfrutar.

Así pasaron varios días. El joven, sabiendo que Ana disfrutaba tanto con su música,  siempre se colocaba delante de ella, le hacía signos de complicidad. Ella disfrutaba y ya no escondía su mirada, le miraba fijamente a sus ojos azules.

Pero un día Ana no encontró a su músico, a su violín ni a su maullido. Y se fue apesadumbrada. Al día siguiente siguió sin verlo, y así paso durante varias semanas.

Una mañana Ana llegaba tarde a clases, y en su asiento en el andén de la línea 6 ya había sentadas varias señoras hablando de sus cosas, por lo que atravesó todo el andén y se sentó sola en otro banco. El tren entró en el andén y se quedó detenido, y fue cuando lo vio. Vio al joven músico con sus ojos azules y su rubio pelo de pie en medio del vagón, y vio a su violín, un violín que estaba maullando a otra que no era ella… Parecía que se estaba bien en el andén de la línea 6 de Cuatro Caminos. Parecía…