Laila era una pequeña luz, un haz de vida sin cuerpo, un “alma” si lo queréis llamar así. Como cada alma, Laila vagaba de un lado a otro hasta que decidía nacer, unirse a un cuerpo mortal y dar lo mejor de sí. Muchas veces Laila pensó en adentrarse en un cuerpo, en vivir una vida, sin embargo, la idea de meterse en un cuerpo para luego morir le aterrorizaba. Había visto a compañeros y compañeras suyas nacer, crecer, padecer enfermedad y morir.

Un día, ella y otra, su mejor compañera asistieron al que iba a ser el nacimiento de una nueva criatura, una nueva personita. Su compañera la animó a vivir, pero Laila, por miedo a todo lo que iba a pasar como humana, decidió no hacerlo, dejando el puesto a su compañera. Esta compañera no lo dudó y se lanzó a la gran aventura de la vida. Como buena amiga suya que era, Laila siguió la vida de su compañera desde cerca.

La vio llorar de pequeña pidiendo alimento. La horrorizaba. La vio caerse intentando aprender a moverse por sí misma. La horrorizaba. La vio tartamudear intentando comunicarse con los demás por primera vez. La horrorizaba. Así pasó durante años vigilando a su amiga y temiendo por ella, alegrándose de no haber sido ella la que había decidido vivir.

Un día, su compañera se fijó en otra alma, introducida en el cuerpo de un joven y apuesto muchacho. Incluso las almas tienen gusto y saben distinguir entre un hombre apuesto de uno que no lo es, y este lo era. ¡Desde luego que lo era! Ojos marrones y pelo negro como la noche. Laila quedó prendada al instante, y si hubiese tenido unas mejillas para sonrojarse, lo hubiera hecho, pero no podía, pues no tenía.

Su compañera y el joven entablaron una bonita amistad y compartían juntos grandes momentos de su vida. Crecieron juntos y, como suele pasar a veces, surgió algo que Laila distinguió como “amor”, eso de lo que tanto había oído hablar. Sabía que el amor había hecho sufrir a hombres y mujeres, y había sumido a almas en la más profunda desesperación. Pero esto que Laila estaba viendo no era esa clase de amor, pues su compañera no sufría.

Vio cómo se agarraban de la mano. Si ella hubiese tenido manos le hubiese gustado sentir esa sensación de tenerlas junto a alguien, pero como no las tenía, no lo pudo sentir.

Vio cómo ella olía el pelo del joven. Si ella hubiese tenido una nariz con la que oler ese pelo tan hermoso, lo hubiese olido hasta morir, pero como no tenía, no lo pudo oler.

Vio cómo se besaban. Si ella hubiese tenido labios para besarlo, lo hubiese besado hasta que le hubiesen salido heridas, pero como no tenía, no lo pudo besar.

Así pasó toda la vida de su compañera lamentándose de no haber sido ella la que nació, la que amó, la que vivió con tanta dicha. Entendió que no se puede encontrar la paz escondiéndose de la vida. Si hubiese tenido unos ojos para llorar, hubiese llorado por ser tan desgraciada, pero como no tenía, no lloró.