Una noche, sin saber ni cómo ni por qué, tu cuerpo decide que ya no hace falta más dormir, decide despertarte en medio de la noche, con apenas dos horas de sueño profundo. Los ojos se te abren de par en par, el despertador suena haciendo “tic-tac”, pero sin sonar la alarma, y es que todavía faltan muchas horas para que ésta suene.

Son las 2:00am y quedan por delante cinco horas para dormir antes de que suene la alarma, así que decides darte la vuelta para seguir durmiendo. Al cabo del rato ves que sigues despierto, que has empezado a contar las rendijas de la persiana que arrojan la luz de las farolas de la calle, y contando contando, ya son las 4:00am. Y tú te preguntas: ¿Qué coño pasa aquí?

No tienes ganas de ir al baño, pero te levantas por si acaso. No tienes ganas de comer, no sientes malestar en el estómago, pero comes algo. Terminas de bajar del todo la persiana, guardas el despertador en el cajón y pones la alarma del móvil que tanto odias usar. Te tiras de nuevo en la cama.

Solo queda la opción en la que tu mente ha decidido despertarte a modo de alerta, porque prevé que va a pasar algo, porque cree que esa noche o en unos días va a ocurrir algo. No es la primera vez que te pasa, y sabes que no va a ser la última. Así que solo queda esperar a que pasen las horas hasta que suene la alarma, levantarte, desayunar, cepillarte los dientes e ir al trabajo, y esperar a lo que tenga que pasar.

Porque si tiene que pasar algo, una noche de insomnio lo precederá.