Muchas veces uno no tiene ganas de absolutamente nada, días en los que solo te apetece entrar en un bucle de “nevera, cama, cuarto de baño” que no para hasta que tu cuerpo se restablece en algunos días. Es normal, es natural, forma parte de la naturaleza de algunos duelos.

Ante ello, hay gente que te dice un “lo siento”, gente que se presta a estar a tu lado, gente que te presta un momento para hablar en medio de todo el alboroto y terrorismo emocional que tu cuerpo y tu mente está usando contra sí mismo. Muchas veces son cosas que esperas oír, y el hecho de ser algo típico hace que lo veas normal, una respuesta que te ayuda a poner un parche y puedas seguir adelante montado en la bicicleta que es tu vida, dando pedales zambos hasta que tu ritmo se vuelve a restablecer.

Sin embargo hay otro tipo de gente…

La gente que te invita a quedarte mirando el techo con ellos en medio de la nada, aunque seas tú en tú casa y la otra persona en la suya, los que te amenazan con hacer coñas y visionar series de guerreras, los que amenazan con escupirte en la cara si osas llorar, los que no dudan en invitarte a salir a pesar de saber que no vas a salir, los que osan invitarte a hablar cuando saben que no vas a descolgar el teléfono, los que reconocen ellos mismos que no son lo mejores en dar ánimos, pero lo consiguen a su modo especial.

Porque no hay nada que levante más el ánimo que una absurdez, más que un plan inventado, más que un “te escupo en la cara como llores”. Porque yo soy así, y a bruto no me gana nadie.

Hay gente que sin proponérselo hacen de tu día de “nevera, cama, cuarto de baño” un día de “nevera, cama, cuarto de baño y absurdez”. Por personas así, merece la pena salir del bucle, por los que sabes que a lo mejor no pueden estar ahí contigo, pero que sin embargo, ahí están. Por todos ellos, vives. Por todos ellos, amas. Por todos ellos, tienes amistad. Por todos ellos, eres lo que eres.

Hay gente que está ahí… ¡Gracias!