Como a todo hombre, sea bueno o malo, pobre o rico, guapo o feo, a todos les llega su hora. En una pequeña casa a la vera de un frondoso bosque vivía un joven carpintero, enviudado a temprana edad, y su joven hijo de tan solo 14 años de edad. Cuando el carpintero perdió a su esposa tras un accidente años atrás, se marchó con su pequeño a la casa al lado del bosque, aislado en su propia tristeza, educando en soledad a su hijo. Un invierno el carpintero calló enfermo, y no logró superar la enfermedad, llevándoselo la muerte con ella, y dejando al joven muchacho solo.

Como legado, el carpintero le dejó a su único y querido hijo una pequeña caja de madera de pino y una carta que rezaba:

“Nos ha tocado vivir en un mundo difícil pequeño. Ahora estás solo y tendrás que defenderte tú solo. En las calles, en los caminos, en los pueblos, en las ciudades, incluso en tu misma casa te encontrarás con demonios, vestidos y disfrazados de hombres, mujeres, niños. No te fíes de ninguno de ellos. No te dejes engañar de su dulce apariencia  pues caer en sus tretas puede sumirte en la desgracia. Esta caja que te dejo como legado te permitirá descubrir a estos monstruos. Solo los puros de corazón podrán mirar lo que hay dentro de la caja sin ser cegados por su propia maldad. Úsala bien.”

Así pues, el joven, sin saber a dónde ir cogió una mochila con lo indispensable, la caja y la carta de su padre; y marchó por un camino de tierra cercano al borde del bosque e inició su camino a lo desconocido.

Tras dos días caminando llegó a un monasterio. “Estos hombres de Dios me darán cobijo y me ayudarán” se dijo. Y dicho esto entró. Allí le recibieron, lo asearon y dieron de comer. Pero el joven recordó la frase de su padre y delante de los curas abrió la caja. Muchos se horrorizaron de lo que vieron dentro y huyeron despavoridos, otros ni siquiera se atrevieron a mirar por miedo a ser juzgados. Guardó la caja y se marchó.

Al día siguiente llegó a un palacio grande, lujoso. Las almenas estaban coronadas con el escudo de la familia que allí habitaba. Llamó y fue recibido por el amo del lugar. Su cara reflejaba sinceridad, bondad y dicha, pero escarmentado por lo ocurrido en el monasterio, el joven no se fio. Abrió la caja y todos los presentes en la estancia se horrorizaron. El amo, con un grito ahogado, corrió y se ocultó en la torre más alta, y se negó a salir, por miedo a volver a ver lo que había dentro de la caja. El joven la guardó en la bolsa y se fue.

Vagó por caminos y ciudades, abriendo la caja ante aquellos que allí habitaban, pero todos salían corriendo. No encontró a nadie bueno en ninguno de los sitios por los que pasaba.

Cuando había perdido ya toda esperanza, encontró, al lado de un río una pequeña casa. En ella vivía un agricultor con su esposa y su hija, de la misma edad que él. Cuando este se acercó a ellos, abrió la caja, pero no pasó nada. La familia miró con sorpresa la caja, pero no huyeron. Cogieron al muchacho y lo metieron en casa, le dieron de comer, le dieron ropa nueva y un hogar.

Así pasaron los días hasta que pensó en algo en lo que no había pensado nunca. Él nunca había mirado dentro de la caja. Siempre la había usado para ver dentro del corazón de los otros, pero no para ver dentro del suyo. Temeroso cogió la caja, la colocó delante de ella. El corazón le latía con fuerza.

Su mano abrió la caja, y cuando ésta estuvo abierta cerró los ojos con fuerza, por miedo de ver lo que en ella había. Poco a poco comenzó a abrirlos. Cuando quiso darse cuenta, estaba riéndose mientras veía su reflejo en el espejo que había dentro de la caja de madera de pino.