Si todo fuese tan fácil como mandar flores, mandaría un ramo a cualquier sitio donde estuvieses. Dejaría que su olor impregnase cada rincón de la estancia en la que te encontrases, permitiría que el agua en la que las metieses devolviese cada gota de savia que emanase su tallo, no dejaría que sus petalos se marchitasen, para que siempre fuesen hermosas…

Si las flores fuesen del espacio, dejaría que flotasen en cualquier dirección, arriba o abajo, delante o detrás, derecha o izquierda… Bueno, si en el espacio supiésemos hacia dónde vamos, ya me entiendes. Dejaría que su olor se expandiese como el universo, dejaría que su savia volviese al tallo después de vagar por la nebulosa…

Pero nunca podrías escuchar el choque de una flor contra la otra, no podrías escuchar el suave “crack” de una de sus hojas desprendiéndose y cayendo en todas las direcciones a la vez, la flor no podría respirar…

Por eso iría hasta el espacio para rescatar cada gota de savia, cada petalo caido, cada flor, y la llevaría a donde quiera que tú estés…