Todos en esta vida tenemos una maleta que llevamos a cuestas a donde quiera que nosotros vamos. La llevamos enganchada a nuestras manos, pegada con un pegamento especial que solo desaparece cuando soltamos la maleta para abrirla y trastear con lo que hay dentro, sea para sacar lo que ya no nos sirve o para meter lo nuevo que queremos tener en nuestro viaje.

Hay muchas cosas dentro de la maleta que son pasajeras, cosas que van y vienen, cosas que cogemos al principio del camino y luego tenemos que tirar a mitad de ruta para dejar espacio para lo nuevo, para lo que nos hace feliz. Sin embargo, hay cosas que nunca tiramos. Esas son las cosas que son esenciales para todos nosotros, las cosas que jamás de los jamases querríamos perder. Por muchas cosas nuevas que metamos siempre reservamos un hueco especial en nuestra maleta para ese “algo” especial que nos causa felicidad, algo que cada vez que abrimos la maleta y lo vemos, nos causa hormigueo en el cuerpo, mariposas en el estómago, una descarga eléctrica.

Siempre tenemos tiempo para coger esa cosita y trastear con ella, jugar con ella, tocarla, darle vueltas, que le de el aire, que respire, que esté limpia, que esté reluciente. Luego lo volvemos a dejar en la maleta, en el sitio que hemos destinado para ello, en el sitio más cómodo y fresco, en el rincón más acolchado y suave de toda la cavidad, para que no reciba golpes, para que no sufra, para que esté cuidado.

Muchas veces lo sostienes en tu mano, escudriñas su forma, ¿qué forma es esa? Su olor, su color, su tacto; nunca sabes realmente cuales son sus cualidades, pero quizás es por eso por lo que es tan preciado para ti. Muchas veces has encontrado imitaciones o cosas que intentan ser esa cosa preciada que tienes entre las manos, pero definitivamente, crees que has conseguido el ejemplar original y primordial, y así lo tratas y cuidas.