Una de mis novelas favoritas del mundialmente conocido Neil Gaiman. Recuerdo cuando en uno de mis cumpleaños un buen amigo me regaló el libro. Cuando abrí el papel de regalo quedé enamorado no sólo del nombre del libro, sino de su portada, de su argumento, y de que estuviese escrito por Gaiman (ya había tenido la oportunidad de leer muchos de sus libros y de tener unos cuantos en mi haber).

El libro lo acabé antes de darme apenas cuenta del paso del tiempo, ya que empecé a leerlo por la noche y lo acabé a la mañana siguiente, tras pasar toda una noche leyendo entre las sabanas y cojines de mi cama. La historia me cautivó, y no dudé en echar una segunda lectura con un poco más de calma para poder apreciar los pequeños detalles que, tras una primera lectura ansiosa y acelerada, no pude disfrutar. Y sí, mi impresión no hizo más que mejorar.

La historia narra la visita de un hombre a la zona donde vivía cuando era un niño, donde acaba sentándose al lado de un lago, un lago que según una amiga suya de la infancia, era un océano. Durante esta vuelta al lugar de su niñez, empieza a recordar lo que allí aconteció hace cuarenta años: brujas,  miedo, terror… Pero no todo iba a ser malo. Nuestro protagonista cuenta con la ayuda de tres vecinas, cada una de una edad distinta, con una peculiaridad, un “poder especial”.

Al principio puede ser un poco tedioso, pero a medida que avanza la historia, nos engancha y enamora. Los elementos fantásticos, característicos en la literatura de Gaiman, van en crescendo durante la novela, recordándonos en algunos puntos a su conocida novela Coraline, pero con un toque más maduro y profundo si cabe.

Si no le habéis podido echar un ojo, o si sólo conocéis las novelas más “típicas” del autor, os lo recomiendo. No podréis despegaros de sus páginas hasta que lo acabéis.

NOTA: 9/10